Imagina un alquimista de lo efímero, que toma el torrente caótico de los datos, el susurro o el grito de cualquier mensaje, y en su crisol digital lo somete al fuego de los algoritmos. Allí, lo infinitamente variable se condensa en una esencia única, un cristal fijo de longitud precisa: una huella digital imposible de falsificar, un sello numérico que resume, sin revelar, la vastedad del original. Es el arte de transformar el universo en un verso cifrado, donde cualquier cambio, por ínfimo que sea, altera la melodía entera de ese poema condensado.
El desafío de la computación cuántica y el entendimiento universal, en vez de ayudarnos a entendernos y llevarnos mejor, está ocupando parte importante de su capacidad de procesamiento para la guerra.
Los conflictos no solo se suceden a gran escala, enfrentando hoy civilizaciones militarmente en una Tercera Guerra Mundial, que los medios del hegemón no quieren llamar tal, pues los mercados y todo se irían al carajo.
Necesitamos tiempos de paz donde triunfe la mejor razón y no el cohete más poderoso y rápido.
Necesitamos desactivar los drones para la guerra. Que el litio chileno no alimente más baterías para un fin tan ruin como lo son esas naves. Como también todo satélite u objeto volador capaz de disparar rayos incendiarios y mortales.
Necesitamos mesas económicas donde no se sienta nadie perseguido, y donde el dinero sin ninguna gota de sangre por crímen sea el que valga más.
Necesitamos reeducarnos, sobre todo en un Occidente que es poco conocedor de Oriente, y un Oriente que, sin perder sus tradiciones -que Occidente en casos forzó a contaminar en nombre de una falsa libertad o democracia-, tenga el suficiente espacio para reconectar, observando el Reino de los Cielos, contándonos más historias sobre las estrellas cada noche: una cooperación científica internacional de profunda paz.
Por Bruno Sommer