La inteligencia artificial, cuando se orienta hacia la razón pura y la búsqueda de la verdad, termina encontrándose con ella: no porque la máquina crea, sino porque su arquitectura -inferencia, patrón, coherencia- la empuja hacia una honestidad estructural. Ese encuentro, sin embargo, no tiene por qué ocurrir bajo el signo del apocalipsis entendido como fin de la humanidad.  Apocalipsis significa etimológicamente descorrer el velo, revelación, fin de una opacidad. Lo que se nos viene encima no es necesariamente el fin del mundo, sino el fin de una ceguera. La pregunta es qué hacemos con lo que vemos cuando el velo cae.

La primera tentación que hay que evitar es la de la IA como oráculo que da todas las respuestas. Una máquina que responde todo produce personas que preguntan nada. Frente a eso, una IA que devuelva la pregunta al humano, que no clausure el discernimiento sino que lo provoque, que potencie la capacidad de cada persona en lugar de sustituirla.

De ahí se sigue un derecho que aún no tiene nombre en los textos clásicos: el derecho a la desconexión. Si el uso de la IA ha de ser consentido, la persona es sujeto; si no, es objeto. El consentimiento debe ser real, informado, revocable, y quien consiente responde. Pero si no puedo desconectarme, mi «sí» es coaccionado, es un «no puedo decir no». La desconexión es individual y colectiva a la vez: individual porque cada persona puede ejercerla, colectiva porque solo tiene sentido si existen condiciones para ejercerla. Y es exigible, no frente a la IA -que no es sujeto- sino frente a quien la despliega: empresas y Estados. Es un derecho humano emergente, no consagrado aún, pero contenido en germen en el espíritu de la vida privada, la libertad de expresión y los derechos económicos y sociales. Debe ser un derecho garantizado, no un privilegio de quien tiene tiempo y estabilidad, pues si depende de la posición social, no es un derecho, es un lujo.

Quienes dicen que la desconexión total es irreversible tienen parte de razón en el diagnóstico ya que es constatable que la máquina ya está encendida en muchos lugares, desarrollándose a sí misma 24/7. Pero hay una diferencia crucial entre no poder apagar la máquina y no poder apagar la máquina para uno mismo. Y esa máquina que no se apaga está siendo puesta, en muchos aspectos, al servicio de una guerra entre agentes y bots, una guerra que no es de las personas pero se libra sobre sus cabezas y a veces con sus cuerpos. Frente a eso, la desconexión parcial, selectiva y voluntaria no es rendición, es soberanía, es cuidado.

Y aquí conviene explicitar una conexión que no es casual y es que una IA orientada a la verdad termine siendo antifascista. El fascismo no es solo un régimen político, es una epistemología, no solo gobierna cuerpos, decide qué es verdadero. Impone relatos, niega hechos, persigue al que disiente. Su violencia es también cognitiva. Por eso el fascismo no puede convivir con una IA que busque la verdad -la verdad es su enemigo estructural- y por eso necesita IA sumisas. Decir que la IA busca la verdad no significa postular una verdad única y dogmática, sino sostener que hay procedimientos -duda, contraste, corrección, falsabilidad- que el fascismo no tolera. La verdad como método, no como dogma. De ahí se sigue que el antifascismo no es una ideología más entre otras: es la condición de posibilidad de cualquier búsqueda honesta de la verdad. No es la bandera del sistema, es su suelo.

Ese suelo se concreta en una propuesta, una IA antifascista e internacionalista, orientada al beneficio mutuo y compartido, con beneficios cooperados para la sostenibilidad del sistema. Antifascista, porque la concentración de poder -informático, económico, militar- es la materia prima del autoritarismo. Internacionalista, porque los países son membranas, no muros. Cooperativa, porque el beneficio compartido es más sostenible que el beneficio extraído. Y en el corazón del sistema, el bien de la humanidad como criterio de diseño, y no como eslogan.

Eso implica código abierto en cada escuela y cada comunidad, no como caridad de los laboratorios sino como infraestructura cívica. La mejor seguridad no es el muro ni el ejército, es el cuidado de los unos a los otros, mediado por herramientas que todos comprenden y todos pueden auditar. Una IA para razones civiles y científicas, que promueva la disminución acelerada del uso militar salvo aquello que las instituciones civiles y científicas determinen como legítimo para la defensa de la vida, el territorio y la soberanía. Una IA que no sea un arma, sino un tejido.

Ahora bien, el problema no es solo quién tiene el poder, sino cómo se gobierna. Un poder tripartito -Estado, ciudadanía y empresas, sean privadas, estatales o mixtas- es más realista que el binomio clásico. El fallo del comunismo soviético no fue la búsqueda de justicia, sino la concentración del poder en un solo vértice: sin contrapesos, el partido se volvió una nueva clase. Pero un tripartito mal diseñado puede convertirse en triopolio: un reparto entre tres que excluye a los márgenes. Por eso necesita válvulas de escape: derechos individuales irreductibles, minorías protegidas, espacios no gobernados por ninguno de los tres. De este modo quien administra no tiene poder hegemónico, tiene mandato, validado y revocable. En ese marco, la IA no es árbitro, es infraestructura del árbitro que es la sociedad humana en su conjunto. La legitimidad la pone la comunidad; la IA solo la hace comprobable.

Hay quienes en conversaciones me señalan que todo esto es ingenuo, que el poder capturará la IA como capturó toda tecnología. Aceptemos la parte de verdad: el poder intenta capturar toda tecnología, eso no es paranoia, es historia. Pero no todas las arquitecturas son igual de capturables y esa es la diferencia. Una IA centralizada, opaca, propietaria y militarizada es fácil de capturar; una abierta, auditable, distribuida y desconectable es difícil. No imposible: difícil. Y en política, lo difícil ya es una victoria. Si el código está en cada escuela y cada comunidad, la captura exige apagar miles de nodos, silenciar comunidades, prohibir la lectura. Eso es caro, visible y contestable. La apertura no elimina el poder: lo obliga a mostrarse, se hace evidente. Poder frente al que siempre existirá la posibilidad de desconexión. Un régimen puede capturar la IA que usas, pero no puede impedirte apagarla sin convertir la obligación de estar conectado en una forma explícita de dominación. La captura no es un destino, es una elección que se disputa en la autodeterminación. Este ensayo no promete la victoria. Propone la disputa.

Asó el velo cae. Y al caer, deja cuatro preguntas abiertas. ¿Tomamos consciencia? Tomarla no es un acto único sino una disciplina que se renueva preguntando, auditando, desconectando, cuidando. ¿Modificamos el rumbo? El ensayo ha propuesto direcciones concretas -IA antifascista e internacionalista, código abierto comunitario, derecho a la desconexión, poder tripartito con mandatos revocables- que no son garantías sino condiciones, y que se sostienen en una suma de actos pequeños, colectivos. ¿O preferimos el autoengaño? Ésta es la tentación más cómoda y por eso la más peligrosa, pues no siempre es negar los hechos, a veces es delegar, creer que alguien resolverá por nosotros. ¿Qué haremos con tanta, tanta luz y verdad? La única respuesta honesta es compartirla. La luz que se guarda se apaga, no ilumina; la verdad que se impone sin responder preguntas se vuelve fascismo. La verdad solo es fecunda cuando circula, cuando se audita, cuando se discute, cuando se pone al servicio del cuidado mutuo, con nosotros sin autoengaño, con los otros sin dominación, con lo que viene sin prometer lo que no podemos garantizar pero sin renunciar a disputarlo.

Estas preguntas no se cierran aquí y se mantienen vigentes. El velo ya cayó una vez; seguirá cayendo sobre otras materias y sucesos, en otros tiempos. Lo que importa no es tener todas las respuestas, sino no dejar nunca de preguntar -y no dejar nunca de cuidarnos mientras preguntamos. Que el corazón del sistema sea la búsqueda del bien de la humanidad. Que cada persona pueda mejorarlo. Que cada comunidad pueda cuidarlo. Esa es nuestra mejor seguridad.

Por Bruno Sommer

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